martes 14 de julio de 2009
lunes 6 de julio de 2009
Lo conveniente...
"Tal vez sea conveniente que, al menos una vez, vivamos separados", le escribió él. "De este modo comprobaremos si de verdad somos importantes el uno para el otro, si nos necesitamos de verdad el uno al otro." Pero ella no pensaba de la misma manera. El amor que se profesaban era tan verdadero que no había ninguna necesidad de ponerlo a prueba. Ella lo sabía. El destino los había unido con un lazo tan fuerte que sólo es posible encontrar uno igual entre un millón. Y aquél era un lazo imposible de romper. Ella lo sabía. Él no lo sabía. O, si lo sabía, no podía aceptarlo sin más. Por eso se fue a Tokio. Porque quería que su lazo se estrechara todavía más al someterlo a prueba. Los hombres, a veces, piensan así.
Fragmento de Kafka en la orilla, de Haruki Murakami.
martes 30 de junio de 2009
lunes 29 de junio de 2009
Acerca de votos y cerdos
Me pregunto si las personas que fueron a votar con barbijo lo utilizan, también, en el subte, en el colectivo, en el trabajo, en el cine, en el supermercado, en el banco, en el colegio, etc., etc., etcccccc. Es decir, en otros tantos focos de infección posibles.
¿Habrán usado alcohol en gel antes y después de entrar al cuarto oscuro? ¿Habrán sellado el sobre con adhesivo sintético? ¿Se habrán cambiado de ropa apenas regresados a sus hogares?
A veces, tanta información desinforma.
PD: Ilustra el Señor K, que perdió "por muy poquito".
miércoles 24 de junio de 2009
Cactus
Me da la impresión de que, hasta cierto punto, puedo sincerarme con él. Creo que respetará mi situación. No creo que me sermonee ni que intente inculcarme opiniones sensatas. Pero de momento no quiero hablar más de la cuenta. Y es que, para empezar, yo no estoy acostumbrado a abrirle mi corazón o a explicarle mis sentimientos a nadie.
Fragmento de Kafka en la orilla, de Haruki Murakami.
jueves 18 de junio de 2009
jueves 28 de mayo de 2009
Tres
En medio de la noche empezó a gemir en sueños. Tomás la despertó, pero al ver su cara le dijo con odio: “¡Vete! ¡Vete!”. Después le contó lo que había soñado: estaban en algún lugar juntos ellos dos y Sabina. Entraron en una habitación grande. En medio había una cama, como en un escenario de teatro. Tomás le ordenó que se quedara de pie en un rincón y después, delante de ella, hizo el amor con Sabina. Esa visión le producía un dolor que no podía soportar. Quería interrumpir el dolor del alma mediante el dolor del cuerpo y se metía agujas en las uñas. “Dolía tanto”, decía, y mantenía los puños cerrados como si los dedos estuvieran heridos de verdad.
Fragmento de La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.
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